Habían pasado ya tres meses desde que habíamos llegado a esta casa que habíamos hecho nuestro hogar, todo había sido muy diferente a como lo pensé, a como creía que pasarían las cosas, sin embargo, después de todo había llegado el día de irse, el día de volver al mundo real, a la rutina y a una vida enajenada entre el embeleso diario de los deberes cotidianos, vidas alejadas de este campo, de esta vista y esta paz en la que podía cerrar los ojos y oír el vuelo de un pájaro a kilómetros de dista