Capítulo VI

El eco de la desesperación

Charles

La luz del sol matutina se colaba por la ventana, acariciando mi rostro y arrancándome del sueño. Entreabrí los ojos, y al intentar estirarme, descubrí la razón de mi confort: Sarah, mi pequeña, reposaba sobre mi pecho, sumida en un sueño tranquilo. Deposité un beso en su frente y me deslicé de la cama con delicadeza para no perturbar su paz. Tras lavarme el rostro, cerré las cortinas para prolongar su descanso y salí de la habitación, cerrando la puerta sin hacer ruido.

Al descender las escaleras, me crucé con mi tía. Su sonrisa es un bálsamo, y con un gesto tierno, alisó mi cabello alborotado. Juntos nos dirigimos al comedor.

—¿Sarah pasó la noche en tu cuarto? —indagó mi tía, tomando asiento mientras la asistía a acercarse a la mesa.

—Así es —confirmé, sentándome frente a ella—. Anoche leímos la carta de papá y se quedó dormida.

Mi tía soltó una carcajada.

—Es tan niña aún… me recuerda a Francisca a esa edad —comentó con una sonrisa melancólica, d
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