Al llegar al hotel, Hugo miró el reloj en su muñeca. Las once en punto. Soltó una risa breve, recordando lo que la joven había dicho antes de que él se marchara del restaurante.
—Salgo a las once— había murmurado, como si la invitación hubiera quedado flotando en el aire entre ambos. Aunque Hugo no tenía intención de ir a buscarla, la escena del restaurante lo rondaba como una sombra: ese primer contacto accidental, el roce persistente de sus manos en su pantalón, la forma en que ambos se había