El sonido de los cubiertos chocando sobre la mesa de madera era lo único que rompía el silencio momentáneo entre ellos. Ivanna y Hugo ponían la mesa juntos, sus movimientos torpes, como si ambos estuvieran demasiado conscientes de la cercanía. Las manos de Ivanna temblaban levemente, y cada vez que sus dedos rozaban los de Hugo al colocar un plato, un rastro de calor se deslizaba por su columna. Hugo, por su parte, no apartaba la mirada; sus ojos la recorrían como si intentara desentrañar cada