DIMITRI
Humedecí sus labios que comenzaban a secarse por tanto gemir; su cuerpo no se quedaba quieto y aquello me descontrolaba, sumando las vibraciones que recibía mi pene en el interior de Megan. Se le hacía muy difícil no correrse con todo esto, pero estaba siendo muy obediente.
Liberé sus ojos, dejándola ver lo que pasaba con ella; recién notaba el espejo sobre su cabeza y sus ojos se clavaron en él, pero volvió a cerrar los ojos.
—Megan… —los apretaba, moviendo sus caderas y sus manos espo