—¿Él te besó? —me gritó Nan por teléfono a la tarde siguiente. Tuve que alejar el teléfono de mi oído al oír su voz tan alta.
—Sí —le dije—. Fue muy inesperado.
El conductor de Uber estacionó el auto afuera de la villa de Gavin. Le agradecí antes de darle su propina y bajé del auto.
—Nan, tengo que irme, acabo de llegar al trabajo —le dije, apresurándola para que colgara mientras subía los escalones que llevaban a la puerta principal.
—Está bien, pero tienes que llamarme más tarde. Necesito todo