Imprimo el reporte que Liam presentará mañana a la antipática de Evelina y su padre, y cuando por fin lo tengo listo llamo a su oficina.
En cuanto me permite pasar y como si ya fuese un hábito, su mirada lujuriosa me recorre de arriba hacia abajo.
—¿Sabes qué pienso cada vez que te veo entrar a mi oficina con esas diminutas faldas? —me cuestiona en cuanto traspaso el umbral de la puerta.
—Seguro nada bueno viniendo de un pervertido como tú —musito, sintiendo cómo mis mejillas se ponen coloradas