Me aferro con fuerza a los muslos de Liam, mientras mi cuerpo se estremece y cuando mi respiración se acompasa un poco, siento como las manos del ojiazul me levantan con facilidad.
—¿Q-qué haces? —lo cuestiono con la voz entrecortada.
—Aún no terminamos, mariposita —masculla, poniéndose de pie y tomando mi mano hasta dejarme frente al enorme ventanal, por donde se filtra la luz del Sol.
—¿Pero qué hacemos aquí?
—Terminar lo que empezaste —me explica al tiempo que me obliga a pegar mis manos con