Bajamos del auto tomados de la mano. Aún sigo sin podérmelo creer. Este hombre liquida mi voluntad tan solo con su presencia. Nos dirigimos a la avioneta privada que nos espera en la pista. Siento mis piernas temblorosas y el pecho tan agitado que, tengo que aspirar profundamente, para devolverle el aire a mis pulmones.
―Tranquila, cariño, todo va a estar bien ―me regala un guiño de lo más encantador―. Te prometo que nos vamos a divertir.
Sonrío, a pesar de lo inquieta que me siento. Subimos l