Capítulo 45.
Markos hizo que fuéramos hasta su oficina. Le gruñó a un par de lobos que bloqueaban su camino, y ellos se apartaron al instante.
Entonces nos encerró dentro.
Inhalaba y exhalaba con rapidez, como si intentara controlarse.
Pasaron un par de minutos. Yo no hablé; solo pasaba lista a mis nuevas heridas.
—Supongo que ahora estás feliz —dijo de pronto.
Dejé de ver un moretón particularmente feo en mi brazo para mirarlo a él.
—¿Qué?
—¡Le mostraste el jodido trasero a todos los bersakers a la redonda