Nicolás Ortiz
Si el odio pudiera encender fuego, mi despacho habría estallado en llamas en el preciso instante en que la cámara de Isabel se activó.
Me quedé petrificado frente al monitor. Había imaginado mil escenarios: Isabel cansada, Isabel furiosa en su cocina, incluso Isabel ignorando la llamada. Pero verla allí, en el Blue Marine, con ese vestido esmeralda que parecía diseñado para atormentarme y Ricardo Vantress invadiendo su espacio personal, fue como recibir un golpe directo en el estó