12. A la deriva

Liz sintió la agitación del agua a su alrededor. Las olas la golpeaban sin piedad, arrastrándola hacia las profundidades mientras el sabor salado se mezclaba con el metálico de su propia sangre. Sus pulmones ardían, exigiendo aire que no podía conseguir y sus músculos estaban agotados y con cada movimiento enviaba punzadas de dolor por todo su cuerpo

Pero lo único que la mantenía a flote era en Emma. Su hija necesitaba que ella luchara, que sobreviviera y eso la hizo aferrarse a la consciencia
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