El dolor punzante en la cabeza fue lo primero que sintió al despertar. Georgina parpadeó varias veces, tratando de enfocar la vista en el techo blanco que se extendía sobre ella. Un lugar desconocido. Un vacío en su mente.
Su cuerpo estaba entumecido, pesado, como si hubiera sido golpeada por un tren. Trató de moverse, pero una punzada de náusea la hizo detenerse. El hedor a alcohol aún impregnaba su piel.
Giró el rostro y lo vio. Un hombre.
No era Emanuel. No era Ismael. No era nadie que ell