El restaurante estaba lleno de turistas y huéspedes del hotel, todos disfrutando de una tarde tranquila… hasta que Carolina e Ismael entraron.
Nada más cruzar la puerta, una oleada de aplausos ltos recibió.
—¡Viva el amor! —gritó alguien.
—¡Bravo! ¡Se reconciliaron!
—¡Así se hace, muchacho!
Carolina sintió que su alma abandonaba su cuerpo. Su cara ardió de la vergüenza, mientras Ismael, con una sonrisa de oreja a oreja, se acomodaba el saco como si acabara de ganar un trofeo.
—¡¿Pero qué es lo