Quince días más habían pasado.
Aquella mañana lluviosa, Edgar caminaba despacio junto a Luna por los pasillos del hospital psiquiátrico penitenciario, sosteniendo con firmeza la pequeña mano de su hija.
La niña llevaba contra el pecho una carpeta rosa donde había guardado el dibujo que había hecho para su madre.
Sus ojitos color miel observaban todo en un silencio demasiado profundo para una niña de su edad.
Edgar lo notó de inmediato.
Sus dedos apretaron con un poco más de ternura la manita de