Luna volvió a ponerse inquieta. Intentó apartar las manos de su padre mientras movía nerviosamente los pies sobre el suelo.
—Papá... ¿ya puedo ver a mis hermanitos? —preguntó entre risas nerviosas.
Edgar contuvo una sonrisa ante la desesperación de su hija. Sin dejar de cubrirle los ojos con una mano, se acercó a la cama y colocó el ramo sobre la mesita de noche con cuidado.
Después inclinó un poco la cabeza hacia ella.
—¿Lista? —preguntó en voz baja, lleno de expectativa, mientras besaba rápid