Olívia le dio un golpecito suave en el brazo, riendo.
—Vamos, amor. Deja de ser travieso. Vamos a desayunar.
—Está bien, mi reina —cedió, rendido—. Tú ganaste.
Poco después, Liam salió del baño. Olívia estaba parada en la puerta del dormitorio, observando el paisaje absurdamente hermoso que se extendía ante ellos: el azul intenso, el silencio elegante de la isla, el mar llamándolos.
Él se acercó por detrás y la envolvió en un abrazo firme y cómodo, como si ese gesto fuera un hábito antiguo.
—¿C