Por Alejandro
Salió de mi habitación y sé que al cruzar la puerta, las lágrimas corrían por sus mejillas.
Yo también tenía una sensación de estar aguantando las lágrimas.
Cuando llegué a la cocina, me recibió con el desayuno, como todos los días y estaba lavando los platos de la noche anterior.
-Vale, no laves nada.
Se sentó a mi lado y desayunamos juntos, pero en silencio.
-Voy por tu corbata.
Cuando me la terminó de poner, la volví a tomar en mis brazos, la besé nuevamente como un condenado,