Capítulo 2

Victoria salió de la habitación con un sabor amargo en la boca, hubiera querido llorar por la muerte de su padre, pero, para ella, era un total desconocido, sus recuerdos de cuando era niña, y vivía su madre, eran muy difusos, recordaba a su madre llorando después de haber discutido con su padre, que llegaba muy tarde o no llegaba a dormir, y no recordaba la última vez que había sido cariñoso con ella, de hecho, por más que se esforzaba, no le llegaba a la mente ningún recuerdo, que no fuera el día que la dejó en el internado en Londres, sin un beso y sin un abrazo, sólo recordaba sus palabras.

“No llores Victoria, es lo mejor para ti, hay muchas niñas en el mundo que quisieran tener la oportunidad que tú tienes.”

“Vamos mi amor date prisa, o nos dejará el vuelo a París” las palabras en voz de Dinora que se quedaron grabadas en su mente para siempre.

Dinora esperaba en el consultorio del doctor Palacios, en cuanto la vieron entrar, su semblante les indicó que ya lo había hecho.

—Ya presioné el botón que me dijo doctor, así que ahora, yo creo que ya no tengo nada que hacer aquí, mañana mismo voy a regresar a Londres.

—¡No tan deprisa querida! Esta noche, haremos un velorio de cuerpo presente en la hacienda, tal como le hubiera gustado a tu padre, así que debes estar allí y mañana después del sepelio, el notario leerá el testamento, después de eso te puedes ir.

—¿A quién le importa el testamento? Seguramente te ha dejado todo a ti, así que disfrútalo, yo me largo.

—El notario dijo que debemos estar presentes las dos, así que no te puedes ir o no lo podrá leer así que te quedas, y si en realidad no te interesa la herencia de tu padre, me puedes ceder lo que te haya dejado, yo no tengo ningún problema en aceptarlo.

—Siempre supe que lo único que te mantenía junto a mi padre, era tu ambición por el dinero y ahora veo que no estaba equivocada, no te preocupes, te cederé todo, por mí puedes revolcarte en su dinero.

—No te preocupes querida, puedes mantener tu tarjeta y para que veas que no soy tan mala, te depositaré una mensualidad, digamos de ¿Diez mil pesos? No, creo que es demasiado, tal vez de cinco mil.

—Por mi puedes tragarte tu mensualidad.

—¡Pero Victoria! ¡Que modales! ¿A caso eso te enseñaron en ese prestigioso colegio? Por lo visto, todos mis esfuerzos porque tuvieras una buena educación, fueron en vano. ¡Te veo a las diez de la noche en la hacienda, ya está todo preparado para el velorio, en un rato van a llevar su cuerpo, así que espero que estés allí!

—Iré al velorio y al sepelio, pero será lo último que haga por él.

Salió del hospital con el estómago revuelto, no podía creer hasta dónde llegaba la ambición de Dinora, pero a ella no le importaba nada, solo regresar a Londres y olvidarse de todo.

Salió del hospital y miró a su alrededor, estaba oscureciendo y las tiendas estaban cerradas, sólo pudo ver una tienda de artesanías, donde vendían ropa típica bordada a mano, se compró un par de blusas, tal vez no eran lo más adecuado para un funeral ya que si bien eran negras, tenían los hombros descubiertos y bordados multicolores, también se compró unas sandalias de piel, en definitiva, sus botines y zapatos cerrados con forro, no eran para el clima de Tabasco.

Se detuvo por un momento a observar la plaza iluminada, la iglesia en blanco y azul, el palacio municipal en blanco y verde, todo era tan pintoresco y tan colorido, no recordaba la última vez que había estado ahí, pero si recordaba cuando vio ese paisaje a través de la ventana del auto, cuando iban rumbo al aeropuerto, para llevarla al internado, habían pasado diez años, días más días menos, pero en el pueblo, parecía haberse detenido el tiempo.

Tenía hambre, ya que no había comido nada, desde que bajó del avión en el aeropuerto de la ciudad de México y se compró un café con un sándwich, le llamó la atención un puesto en la plaza, una señora con una mesa y unas ollas vendía algo que debía ser delicioso, ya que la gente la rodeaba para comprarle, así que se acercó para preguntar que vendían.

— Vendo “chanchamitos” señorita ¿Quiere probar?

—¿Qué es? ¿De qué está hecho?

—Es un tamal pequeño y circular, envuelto en hoja de plátano, la masa de maíz está condimentada con achiote y está relleno de carne de puerco o de pollo.

—Suena muy rico, deme uno de cada uno por favor.

—¿Le sirvo un pozol para beber?

—¿Pozol?

— Es una bebida hecha a base de maíz, cacao molido y agua fría.

—Sí, lo probaré.

—¿De dónde nos visita señorita? ¿No es de aquí verdad?

—Sí, soy de aquí, solo que me fui siendo muy niña y recién acabo de regresar.

—¿Y cómo es que se olvidó de sus raíces?

Victoria no contestó, en cuanto comenzó a comer aquél platillo tradicional, algunos recuerdos llegaron a su mente, Lupita, la cocinera de la hacienda, solía preparar los chanchamitos porque a su madre le gustaban y a ella, siempre la recibía con una jícara de pozol recién hecho, cuando llegaba de la escuela, sus recuerdos todavía estaban allí, pero estaban dormidos, opacados por el dolor.

—¡No lo puedo creer! ¡Lady Londres comiendo tamales en la calle! ¿Qué dirían los miembros de la realeza si te vieran?

—Pero si aquí se encuentra Mr. Patán ¿Quién lo diría? Metiéndose como siempre donde no lo llaman.

—Te sugiero no regresar muy tarde a casa, el camino es solitario y oscuro, así que puede ser peligroso.

—Hace mucho tiempo que le dejé de dar explicaciones A MI PADRE de la hora en que llego a casa, así que no veo porqué a Mr. Patán tendría que informarle.

—Porqué necesito saber a qué hora podré cerrar la puerta del garaje de mi cabaña, solo por eso, es peligroso que se quede abierto, hay que poner una tranca.

—Puedes dormir tranquilo, hoy no llegaré a dormir, tengo otros planes.

—No creo que este pueblo sea tu mejor opción para ligar. ¡Ah cierto! ¿Te quedarás en el hospital con tu familiar? Eso habla bien de ti. ¡Que te sea leve Lady Londres! Hasta mañana.

Victoria, vio a Santiago alejarse hacia su jeep, que estaba estacionado del otro lado de la acera, era realmente atractivo, su porte resaltaba de entre todos los hombres que había visto en el pueblo y su voz y la forma de hablar, eran de una persona educada, a pesar de su arrogancia y sus patanerías, ¿Qué estaría haciendo un hombre como él en este pueblo? Había pagado hospedaje de dos semanas por adelantado, así que seguramente, no estaba de paso, sino que, había venido a Comalcalco, a algo en específico.

Terminó de comer sus chanchamitos y disfrutó su pozol recordando parte de su niñez, pero ya era muy tarde, debía ir a la hacienda al velorio de su padre, seguramente pronto trasladarían su cuerpo y ella tenía que cambiarse de ropa, así que subió a su auto y se puso en marcha.

Según el GPS, estaba a diez minutos de la hacienda, era increíble que ni siquiera conociera el camino hacia la que se suponía, era su casa, comenzó manejando despacio, siguiendo las indicaciones, era relativamente muy cerca del centro del pueblo, la carretera estaba asfaltada, le hacía falta mantenimiento, pero no era tan grave, todo iba bien, hasta que llegó a una desviación, y tuvo que internarse entre los cacaotales por una vereda de terracería, estaba muy oscuro y comenzó a sentir temor, recordó las palabras de Santiago el majadero, diciendo que muchos delincuentes llegaban a ese lugar, a trabajar en la cosecha, para esconderse de las autoridades, quiso acelerar, pero le fue imposible, el camino no se lo permitía, rogaba porque no se le fuera a atascar el coche o pinchar una llanta, porque estaría perdida.

Fueron casi quince minutos hasta la entrada de la hacienda, que a ella, se le hicieron eternos, por la oscuridad de la noche y las sombras de los árboles, en cuanto vislumbró los jardines y las luces de la casa grande, los recuerdos comenzaron a llegar a su mente, recordó cuando corría tras «tulusa» su gatita de color naranja, para que no se le escapara y recordó a Mario, el caporal, ayudándola a atrapar a la traviesa gatita, su madre, riñéndola por dejar sus tareas escolares para jugar con su mascota y a su querida Lupita, batiendo el chocolate.

La casa seguía igual que la última vez que la vio, con su fachada pintada de blanco mientras que los dieciséis arcos que la rodeaban formando una escuadra, estaban pintados color marrón con el interior blanco, el césped recién cortado olía a tierra mojada y el olor a chocolate inundaba el ambiente, volviéndolo mágico.

Se le rodaron las lágrimas al recordar a su madre, qué diferente hubiera sido su vida, si ella todavía viviera.

Estacionó su coche y tomó la bolsa con las blusas y huaraches que había comprado, caminó lentamente, como si pudiera prolongar más el tiempo, en uno de los pasillos, había una hamaca, una sala y un comedor de ratán, entró por la puerta principal y lo primero que vió, fue que los muebles habían sido retirados, cuatro ceras encendidas y una corona de flores estaban dispuestos para recibir el cuerpo de don Santiago, todavía no llegaba el cortejo funerario.

—¡Mi niña Victoria! ¿Eres tu mi niña? ¡Volviste!

—¡Nana Lupita!

Victoria corrió a los brazos de aquélla mujer que andaría rondando los sesenta años, pero que seguía fuerte, casi igual a como ella la recordaba, solo con un par de arrugas en la frente y algunas canas en sus sienes.

—¡Mario! ¡Mario!¡Ven a ver quién llegó!

—¡Mario! ¡Estás igualito, no has cambiado nada!

—¡Niña Victoria! Es un milagro que haya venido, mire nada más en lo que acabó el patrón, al lado de esa mujer.

—Mario, no le metas ideas a la cabeza a la niña, no estamos seguros de lo que paso.

—Dirás lo que quieras mujer, pero a mí nadie me quita de la cabeza de esa mujer, le hizo algo al patrón, eso del infarto a mí no me queda claro, el patrón estaba joven y fuerte.

—Ya no importa Mario, él ya se fue y nada podemos hacer.

—Mejor anda, ve a traer las maletas de la niña para llevarlas a su habitación.

—No te preocupes Lupita, no traigo maletas, no voy a quedarme mucho tiempo, mañana después del sepelio voy a regresar a Londres.

—¡Pero por qué? Mi niña, esta es tu casa, ya has estado mucho tiempo en ese colegio tan lejos.

—Lo sé Lupita, y precisamente por eso, ya no siento esta casa como mía y en Londres tengo un trabajo y una forma de ganarme la vida.

—Pero... ¿Y la hacienda? ¿Y la fortuna de don Santiago? ¿Le vas a dejar todo a esa mujer?

—Ella es su esposa Lupita, seguramente va heredar todo, al parecer mañana después del sepelio, se va a leer el testamento, Dinora no quiere esperar para ser la única dueña de todo, y en cuanto el notario lo confirme, yo me iré.

La nana la acompañó a su habitación, estaba desconsolada al saber que Victoria se iría y ahora sí, para no volver nunca, la habitación estaba igual que como ella la había dejado, su cama individual vestida de rosa y sus muebles infantiles, sus preciadas muñecas y una fotografía de ella con sus padres, cuando todavía eran felices, tenía cinco o seis años en ese retrato.

Se quitó la camisa de Santiago y se puso una de las blusas que compró y se miró al espejo, efectivamente era el vivo retrato de su madre, tenía el cabello castaño claro, largo hasta media espalda con un ondulado natural, su piel era blanca, no tenía muchas opciones para broncearse en el internado, aunado al clima frío y la constante neblina característica de la ciudad, y sus grandes ojos color aceituna iluminaban su rostro, no acostumbraba maquillarse, así que el rubor en sus mejillas, era totalmente natural, su nana le decía que de niña, parecía una muñequita de pastel, por ser tan delgada y menudita.

Las voces en la sala le indicaron que el cortejo fúnebre había llegado, no tenía más remedio que salir y seguramente recibir las condolencias, esperaba que todo fuera rápido, lo único que quería era irse, para no volver.

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