El sonido seco de la bofetada hizo que el ambiente cayera a cero grados.
La cabeza de Ana se giró por el impacto, su pálida mejilla visiblemente hinchada y enrojecida, evidenciando la fuerza del golpe.
Los labios de Samuel temblaron, las palabras que quería decir se transformaron en frías acusaciones.
—Ana, no te pases de la raya.
Nunca había pensado en ponerle una mano encima a Ana.
Con o sin lazos de sangre, Ana era la hermana con la que había convivido por más de veinte años.
Mientras fuera o