Tadeo agarró su teléfono e hizo una videollamada grupal, volteó la cámara hacia atrás y se acercó sigilosamente hacia la puerta.
Justo cuando puso la mano en la manija, la puerta se abrió desde adentro.
Ana vio a Tadeo actuando sospechosamente y frunció el ceño: —¿Qué estás haciendo?
—¡Nada, nada!
Tadeo instintivamente escondió el teléfono detrás de su espalda, pero ya era inútil.
Del altavoz salió la voz de Jorge: —Tadeo, ¿qué diablos estás haciendo? ¿Nos despertaste en plena madrugada solo par