La voz profunda y cálida de Gabriel resonaba en la sala.
La luz anaranjada iluminaba su hermoso rostro, sus largas pestañas proyectaban sombras, y su piel pálida lo hacía parecer un caballero vampiro de algún manga.
Las manos de Ana, sosteniendo el vaso de agua, transpiraban por el nerviosismo.
Asintió levemente, y en ese instante el ambiente se tornó íntimo y sugerente.
Justo cuando la temperatura comenzaba a subir, el timbre sonó insistentemente, dispersando la atmósfera que tanto había costad