—Ah, ¿ya llamaste? Perdón, estaba tan metido en la conversación con Ana que no me di cuenta —dijeron sus padres, mintiendo descaradamente.Gabriel arqueó una ceja, indiferente.
Ana extendió su mano. Su palma cálida y suave cubrió el dorso de la mano de Gabriel.
En un instante, Gabriel se tensó.
Rápidamente bajó los párpados, ocultando cualquier emoción.
—¿Por qué saliste sin abrigo? —preguntó ella, con un tono de reproche.
Javier, sentado frente a ellos, disfrutaba del espectáculo.
—Ana, tienes q