El hombre yacía en la cama de hospital, con la frente envuelta en una venda blanca, el rostro pálido, y bajo sus largas y espesas pestañas, unos ojos negros y profundos.
Comparado con su habitual elegancia, ahora mostraba cierta fragilidad.
Ana no pudo evitar recordar las palabras de Gabriel antes de desmayarse.
—No tengas miedo, estoy aquí.
Con esas palabras en mente, algo tan simple como darle de comer manzana era imposible de rechazar.
Cortó la manzana en trozos pequeños y usó un tenedor para