Adriano se dobló sobre sí mismo de dolor, e imploró al cielo que le diera las fuerzas para seguir, el dolor era intenso y punzante, y aunque estaba acostumbrado a él, no siempre era fácil, y menos si se tenía a diez bribones apuntándole directamente a la cabeza.
Vico rio de buena gana, con una voz ridículamente infantil, como si todo en él se hubiera desarrollado menos sus cuerdas vocales, si Angelina lo hubiera conocido en otras circunstancias se habría reído de él.
— ¡Vamos hombre! No vas a q