Adriano la siguió con la mirada mientras ella salía del establo. Esperó a que el ladrido de los perros ya no se escuchara, como tampoco las voces de los efectivos policiales, y entonces se arrastró con mucha dificultad para salir de debajo del tumulto de paja y lodo.
Estaba temblando de frío, podía sentir como su cuerpo se estremecía y el hielo le calaba hasta los huesos. Se tendió sobre el heno limpio y seco y cerró los ojos.
Angelina entró de nuevo en el convento y se deslizó sigilosamente p