Capítulo LXXXIV

Me recibe con el rostro inclinado hacia la derecha. Luego, me deja pasar en el pequeño espacio que hace de su casa con el cabello revuelto a lo alto de su cabeza. Mantiene un libro viejísimo abierto en la mesa, que cierra en el instante que me invita a sentarme.

—¿A qué debo esta sorpresa?

El tono dulce en la ronquez de su voz es suficiente como para que me derrita.

—¿No puedo visitarte, Eva? Pensé que me amab

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