Allegra se movio. —¡Quédate donde estás! – la orden estalló como un latigazo a través de la habitación, cortándole su retirada en dirección de la puerta.
— Deja a Paul en paz.Si estás enojado conmigo, véngate en mí. Pero no puedo creer que le quieras hacer daño a Paul – le confió.
—Daño, no se asemeja a lo que hare– la urgió Dante
—Me refiero a vienes aquí y afirmas que... que quieres que regrese contigo, pero no merece la pena – completó, incrédula.
-¿No?
-¡ Por supuesto que no! ¡Y no entien