El amanecer londinense pintaba el cielo de tonos rosados y anaranjados, mientras Dante se sumergía en su rutina matutina de ejercicios en el gimnasio privado de su ático. La luz suave y cálida se filtraba a través de las ventanas, iluminando su figura atlética y definida.
Desde la puerta, Allegra, lo observaba con una sonrisa discreta. Su mirada se posaba en los músculos tensos de Dante, en la forma en que su sudor perlaba su frente, en la determinación que reflejaba su rostro. Sentía una olea