CAPÍTULO VEINTICINCO

—¡Tú!

La voz de Greene restalló en el patio como un látigo. El cesto de la ropa cayó de sus manos, y las camisas se desparramaron por el suelo mojado mientras la rabia lo invadía. Se dirigió hacia Beatrice con zancadas pesadas y furiosas, con el pecho agitado y los puños tan apretados que sus nudillos se tornaron pálidos. El odio ardía en sus ojos.

En ese momento, lo único que quería era borrar esa expresión de suficiencia de su rostro. —¡Cómo te atreves a aparecerte por aquí! —gritó.

Beatrice
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