CAPÍTULO OCHENTA Y DOS

—No deberíamos... —Elara intentó apartarse, mientras la alarma en su cabeza sonaba con desesperación.

Pero Silas la sujetó con aún más fuerza, negándose a dejar que la fría realidad se interpusiera de nuevo entre ellos. Plantó besos suaves pero firmes a lo largo de su cuello, y su tacto encendió un calor familiar e embriagador que amenazaba con derretir lo que quedaba de su fuerza de voluntad. Ella sintió que comenzaba a ceder, aferrándose a los hombros de él en busca de apoyo, hasta que de rep
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