CAPÍTULO OCHENTA Y CINCO

Beatrice se quedó parada en ese lugar por lo que pareció una eternidad, incapaz de moverse. Sus botas se sentían pegadas al frío suelo del palacio mientras el aire era succionado por completo de sus pulmones. En el silencio sofocante del pasillo, cada una de las piezas del rompecabezas que siempre había llevado en su mente comenzó a realinearse de inmediato.

La imagen que se formó fue tan vívida, tan monstruosamente clara, que le hizo dar vueltas la cabeza.

La razón por la que Silas nunca querí
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