Punto de vista de Damien
Para el miércoles ya me estaba volviendo loco de estar encerrado.
Alex había trabajado desde casa los dos días, vigilándome como si fuera un riesgo de fuga. Cada dos horas me preguntaba si estaba mareado, con náuseas o confundido. Lo apreciaba. También lo odiaba.
—Estoy bien —dije por centésima vez—. Puedes ir a la oficina.
—El médico dijo cuarenta y ocho horas de vigilancia.
—Han pasado cincuenta horas.
—Casi no es lo mismo que exactamente cuarenta y ocho horas. —No le