XXXIV

Secándose el pelo con la toalla, María Fernanda parecía tan alegre como no lo había estado en años. Al menos, no en los años que llevaba siendo María Fernanda. Era feliz, claro que lo era pero eso pasaba cuando se llamaba Isela y no María Fernanda.

—¡Oh, te ves tan feliz, María Fernanda! —Dijo Adamaris.

—Sí, sí, no puedo negarlo. Me siento diferente—. María Fernanda le sonrió.

—Pero dime, ¿qué te dijo? ¿Te reconciliaste con él? No puedo creer que el simpático hombre mayor sea tu abuelo. Quiero
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