Una, dos, tres… cuatro y, ¿cuántas horas más iban a pasar hasta que él lograra concentrarse en todo lo que tenía que hacer? La verdad era que de su mente no se podía sacar las últimas dos noches en las que más cerca había estado de su empleada. El rostro enfermo de su mente no se iba, aquella sonrisa que jamás le había visto se había convertido en su curiosidad y que por supuesto era una sonrisa honesta, lo pudo ver en el momento en que sonrió a su amiga sin maldad, ¿por qué la necesidad de ir