El clima en la mansión Arriaga era tenso, como si la misma casa hubiera absorbido la hostilidad que rondaba en sus pasillos. Isabela, aún herida por las palabras de Camila, trató de mantenerse ocupada limpiando los estantes de la biblioteca, un lugar que siempre había considerado su refugio. Sin embargo, la calma no duró mucho.
Camila entró en la habitación con su característico aire de superioridad, sus tacones resonando en el suelo de mármol. Se detuvo junto a la puerta, observando a Isabela