Día uno.

Arturo.

Me sentía tontamente nervioso y muy ansioso, le había dejado la clara indicación a Vanesa, la recepcionista, de que me avisara cuando Ángela llegara, así que desde que llegué a mi oficina no he quitado mis ojos del teléfono.

Cuando sonó, mi corazón empezó a correr a mil.

—Bueno—dije tratando de sonar calmado.

—Buenos días, señor, la señora Martínez va subiendo —me informó—. Pero con ella va la señorita Tatiana.

Sentí mi sangre hervir, ya no sabía de qué manera hacerle entender que ya no
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