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Capítulo 2- Juguemos a pecar

Capitulo 2

SIN SALIDA... Juguemos a pecar

―Señorita, Mía Russo, ¿acepta usted como su legitimo esposo al señor Lorenzo Toscano, para amarlo, cuidarlo y honrarlo, en la salud y  la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe?

El corazón de Erick dio un vuelco tremendo dentro de su pecho y fue como si el aire en sus pulmones se hubiera atascado; no  fue consciente por cuantos segundos dejo de respirar o tal vez ni siquiera lo estaba haciendo desde que vio a esa chica aparecer del brazo de su padre, pero al escuchar cual era realmente su nombre, pudo comprender a que se refería su padre al decir que se trataba de una confusión. Esa chica no era Lía, su Lía. El alma regreso a su cuerpo como una brisa de aire fresco y el mundo a su alrededor retomo su curso; sin embrago, le inquietaba en sobre manera la forma en que esa mujer se parecía a su ex prometida y más le desconcertaba que tuvieran el mismo apellido.

La tarde transcurrió lenta y tortuosa para Mía, era como estar en una clase de sueño interminable que por más que intentase, ya no podría despertarse. Por más que su mente la persuadía de que esto era lo correcto, su cuerpo y alma se negaban a vivir la realidad.

Sin salida, asi se sentia. Atrapada en un juego de engaños y mentiras al que no pertenecía, pero que debía aprender a jugar porque la vida de sus padres dependía de ella.

―¡Muchas Felicidades! ―les deseaban la interminable fila de personas desconocidas para ella y que sonreían de la manera más hipócrita del mundo, cuando minutos antes la juzgaban y señalaban como paria social. 

El hombre a su lado sonreía soberbio y lleno de una felicidad muy bien construida, Lorenzo Toscano parecía tan satisfecho de lo que había logrado que nadie podría imaginarse todo lo que había detrás de esa boda. Las lagrimas y amenzas, los gritos y la angustia. Se trataba de algo turbio y oscuro y para Mía era injustificable que su hermana, los hubiera arrastrado a ella y a su familia a ese infierno sin ningún tipo de culpa o remordimiento.

―¿Podrías al menos fingir que en serio te interesa mi padre? 

Mía se sobresalto al escuchar esa voz tras de ella,  justo cuando pensaba que podía estar unos minutos a solas.

―¿Y tú porque no  te vas al infierno y me dejas en paz? 

Su tono fue altivo y grosero al mismo tiempo, algo demasiado impropio de ella y eso la sorprendió muchísimo porque no sabia de donde provenía esa entereza para enfrentar al hombre que tenia frente a ella y que evidentemente estaba enojado con el mundo y más aun con ella y aparte de eso, también estaba borracho.

El olor del perfume masculino entremezclado con el alcohol, creaba una estela embriagante y seductora que nublo por unos segundos el raciocino de Mía. Erick Toscano era sin duda un hombre tan apuesto como imponente, con una mirada fría, de ojos grises como el acero y pelo ceniza con ondas perfectas y sedosas. Mía trago saliva y por una vez intento ponerse en los zapatos de Lía. Era evidentemente que cualquier mujer podría perder la razón por un hombre así, pero afortunadamente ella tenia más sentido común que la tonta de su hermana.

―Porque llevo dos maldit0s años ahi, intentando cada dia poder vivir sin ti, Lia.

―¡Yo no soy, Lia!―intento empujarlo lejos de su cuerpo, pero él era tan grande que casi podía envolverla entre sus brazo; y el calor que desprendía, sumado a su olor, hizo que Mía bajara un poco la guardia―. Alguien podría vernos y malinterpretar las cosas, Erick.

Él sonrió cual lobo al acecho, listo para engullir a su presa y ese gesto hizo que las piernas de Mía flaquearan, dejándola totalmente a merced de su ahora hijastro. Estaban a salvo, ocultos del bullicio, envueltos entre pinos que impregnaban el aire de frescor. Era la primera vez que Mía estaba en la villa de su ahora esposo y no tardo demasiado en encontrar ese pequeño refugio muy cerca de lo que parecía un invernadero. 

Lorenzo sabia muy bien que ella no podría ir a ninguna parte porque toda la propiedad estaba blindada de extrema seguridad. Con lo único que no contaron fue con  que Erick no le había quitado los ojos de encima en toda la fiesta y aprovechando que su padre se había concentrado más  en atender a un grupo de posibles inversionista,que en su nueva esposa, la siguió sin prisas hasta tenerla solo para él.

―Hueles diferente, Lía ―susurro tan cerca de los labios femeninos que fue inevitable no sentir la electricidad atrayente de sus cuerpos―. ¿Por qué me dejaste solo?

Mía apretó los ojos con fuerza, invocando el auto control dentro de ella, pero tenerlo tan cerca era sin duda demasiada tentación. Recordaba haberlo visto muchas veces en fotografías de prensa o entrevistas de televisión. Lía siempre había estado enamorada de él y era obvio que no desistió hasta tenerlo, pero para Mía nunca había significado nada trascendental más allá de reconocer su atractivo; sin embargo, este acercamiento tan intimo con él, ponía en juego su estabilidad emocional.

―Mi nombre es Mía Russo, ya lo sabes, Erick ―él negó con la cabeza pegando su frente de la de ella, reacio a aceptar la cruda realidad―. Lía esta muerta, yo no soy ella.

Hasta para ella, esa afirmación dicha en voz alta supo a mentira; era la primera vez que se atrevía a reconocer que su hermana ya no existía y que tampoco vendría a rescatarla del infierno.

―Pues a como yo lo veo, solo hay una forma de comprobar que dices la verdad ―abrió sus ojos y la miro con la intensidad de todos los sentimientos que abatían con discordia su interior; Mía contuvo la respiración antes de preguntar con inocencia, algo sin duda muy propio de ella.

―¿Cúal forma es esa? ―de inmediato se arrepintio.

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