—No te rías —dijo ella al ver su expresión.
Él se tapó la boca. —No me río. Solo estoy un poco... sorprendido —dijo.
—No pude resistirme. —Agarró una toalla y se frotó la boca con ella hasta que se le pusieron los labios rojos.
Él la agarró de la muñeca. —Para.
—Qué vergüenza. —Se apartó un mechón de pelo de la cara—. No podía parar de comerlos. Supongo que estoy un poco nerviosa.
—Tranquila. No tienes por qué estar nerviosa. No hay motivo para estarlo. Tienes un poco... —Acercó la mano y le li