La única pista que nos podría llevar hasta Mía dependía de una japonesa bien adoctrinada y un italiano presuntuoso a quien odie desde el primer momento que clavé mis ojos en él. A pesar de que los teníamos retenidos y amordazados en un sótano en el corazón de Tokio, la italiana por mucho empeño que puso, juro que más que empeño lo que la ml si era la venganza hacia aquellos dos, los torturo, no quise saber ni cómo, ni cuánto. Una semanas
después, al ver que obtenía resultados, me presenté en a