William lo estaba esperando junto a la verja de los jardines traseros de Sheraton Park. A solo unas pocas yardas al frente, el bosque de olmos y robles cuyo nombre compartía con la mansión ancestral del conde, aparecía como un muro verde y frondoso, capaz de ocultar el rastro y la presencia de quien se internase en él, ya fuera por gusto, o por necesidad.
—Al menos, no se puede negar que es puntual —dijo Edward—. Es un poco tarde para tener un encuentro de este tipo. Me alegro de no estar en L