Emily descorrió las cortinas de la alcoba con cuidado. El día estaba nublado, y una tenue luz grisácea se filtró por los crisAndrew, inundando la habitación con una atmósfera fría y melancólica.
Dorelia parpadeó al notar que la oscuridad había desaparecido, y al fin abrió los ojos.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó su hermana, sentada junto a ella en el borde de la cama.
—¿Qué hora es? —respondió Dorelia.
—Casi mediodía —dijo Emily con una sonrisa—. Has dormido doce horas seguidas, hermanita.