Katherine Olson
El reloj marcaba casi la una de la madrugada y Leandro aún no aparecía. Lo peor no era su ausencia, sino que no contestaba el teléfono. Ahora que sabía con certeza que estaba embarazada, y que mis sospechas sobre los cambios en mi cuerpo se confirmaban, todo me parecía más abrumador. Trataba de culpar a las hormonas por mi mal humor, intentando justificar lo injustificable.
Ese día, Leandro y yo habíamos tocado fondo emocionalmente. La ilusión del amor perfecto, sin discusiones