Seguí a Leandro hasta su oficina. Cada paso en su mansión parecía una invitación a un rincón de elegancia sublime. Todo estaba meticulosamente ordenado y perfectamente dispuesto, como si cada objeto estuviera destinado a ocupar su lugar exacto. La combinación serena y minimalista de su entorno reflejaba su propia personalidad: un hombre que, visto de espaldas, no revelaba su verdadera esencia.
Abrió la puerta de su impresionante oficina y avanzó hacia su escritorio, una majestuosa mesa de pino