—¡No quiero, Killian! ¿No lo entiendes? —grité, aunque el odio en mi voz era una fachada, un escudo para proteger mi corazón roto.
Killian suspiró y luego pronunció mi nombre, como solo él lo hacía, arrastrando cada sílaba con ese acento oriental que siempre lograba hacerme sentir vulnerable.
—Oh, Jennifer Mackenzie...
Antes de que pudiera reaccionar, se bajó del coche. Se acomodó la chaqueta sobre sus anchos hombros y, sin decir otra palabra, me tomó por las piernas, levantándome con la facili