Leandro cruzó los cubiertos sobre el plato y se limpió los labios con la servilleta. Levantó la vista y me sonrió.
—¿Estás bien?
—Sí, sí, por supuesto, yo también he terminado.
—¿Quieres una copa de vino? —ofreció, levantando la botella y señalando mi copa. Me quedé en silencio, consciente de mi sensibilidad al alcohol; con solo dos tragos podía emborracharme fácilmente.
—Debemos ir a trabajar, señor Mackenzie.
—Llámame Leandro. Además, es la hora del almuerzo. Una copa no hará daño, solo servi