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Emilia y Rubén al fin llegaron a la casa en el árbol. Era grande, de madera, con una escalera que llevaba hasta lo alto, y allí ya estaba su hijo. Gemima, aun llevando tacones, estaba subida al tercer escalón y miraba al interior de la casita a Santiago que se movía de un lado a otro preguntando y sacando cosas.

Éste se asomó a una de las ventanas mirando en derredor con las mejillas arreboladas de emoción. A su hijo le encantaba

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