Cuando Mónica llegó a casa me encontró sentada en el sofá esperándola. Mis dedos se restregaban unos a los otros mientras la veía soltar sus cosas en la esquina de la casa y cuando se giró en mi dirección dio respingo al notar que estaba ahí.
—Mujer de dios, me has dado un susto de muerte.
Ella llevó su mano hacia su pecho.
—Tienes suerte de que no ande armada ¿te imaginas si te hubiese disparado? —mi ceño se frunció ante sus palabras.
—No puedes ser tan despistada como para dispararme así por