—¿Seguro que quieres ir? —preguntó Michelle mirando a Laila. Estaba apoyado en el umbral de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho.
Ella lo miró a través del espejo con aquella sonrisa encantadora que tanto amaba. Se veía hermosa esa mañana, al igual que todas las mañanas.
—La verdad es que no, pero me agrada menos la idea de quedarme aquí sin hacer nada.
—Entonces puedes ir al trabajo conmigo.
—No creo que ninguno de tus trabajadores este muy contento con ello. Soy un riesgo potencia