La madera del cobertizo raspa tu espalda y un resoplido desde el otro lado te devuelve al momento real. Rocky, el único testigo de tus transgresiones, se adelanta a la entrada, y la repentina idea de que el caballo te ha estado escondiendo con su cuerpo, todo este tiempo, te roba otra sonrisa.
John se relaja encima de ti, abrazándote contra la pared, mientras ambos recuperan el aliento. El sudor se enfría.
Las lágrimas se secan en tus mejillas sonrojadas y luego te sientes tan avergonzada por